martes, 15 de octubre de 2013

Los pasos de mi infancia

Es esta una época de contradicciones: los niños, sobreprotegidos, no salen solos a la calle hasta muy mayores -nos sorprenden los hijos pequeños de los emigrantes cuando los vemos caminar sin la compañía de un adulto- y, en cambio, en cuanto irrumpen en la adolescencia, la libertad les acompaña sin que los padres tengan demasiado control sobre ellos.

En los años de mi niñez, por el contrario, éramos criaturas controladas en la adolescencia y la juventud pero nos movíamos libres por las calles -que entonces se consideraban seguras- en los primeros años de  nuestra vida.

Por la Avenida Carrilet pasaba, efectivamente, el carrilet: ese tren de vía estrecha que unía la Plaza de España, en el corazón de Barcelona, con pueblos y ciudades cercanos.


Pasaba por la superficie y las barreras bajadas no solían ser impedimento para que la gente, mirando precavidamente a derecha e izquierda, pasara si veía el tren no demasiado cerca.

Más peligroso era el "boleto verde", que no paraba en algunas estaciones y apeaderos y que se  había llevado a mucha gente por delante.


En los años sesenta mi madre trabajaba en casa haciendo bobinas (unas bobinas de cobre que iban en los televisores de la época). Yo ayudaba rizando los papeles donde luego la máquina enrollaba el cobre - casi todos los niños de la época echaban una mano en casa en esos trabajos que completaban el sueldo del cabeza de familia-, llevando la caja de bobinas acabadas a la fábrica y recogiendo el sobre del pago.

La fábrica estaba muy cerca pero había que cruzar las vías del tren. Y mi madre, una mujer sufridora que siempre se veía en lo peor y que tenía todos los miedos del mundo con respecto a su única hija, no veía más peligro que el de que me pudieran asaltar por la calle. Me decía, como la madre de Caperucita, que si alguien me pedía el sobre del dinero yo se lo diera sin rechistar y volviera corriendo a casa. Del carrilet... ni palabra. Que mirara a ambos lados y para de contar.

Y allí iba yo y cruzaba las vías y tocaba el timbre de la fábrica. La nariz me llegaba a duras penas a la ventanilla por donde me recogían la caja y me entregaban el sobre con el dinero. Y volvía, cruzando de nuevo las vías, a casa.

Y ese era el recorrido más largo y arriesgado.

Pero los pasos de mi infancia eran muchos y no quisiera olvidarlos, ni que se olviden, ahora que cada vez me quedan más lejos.

Iba a por botones y agujas a la mercería de los bloques. Todas las calles iguales, todos los edificios calcados. La angustia de sentirse en un laberinto. La primera vez volví llorando.

A esperar a mi tía a la puerta de la fábrica de Albert Hermanos. Las dos de la tarde. Antes, sonaba la sirena. Se abría la puerta del patio y por allí salían las trabajadoras que habían entrado a las cinco y media de la mañana.


Iba a por pan a la panadería de la carretera. A por gomas, carpetas, lápices... a la papelería Perelló o a la Casa Campo.
Sola de casa al cole y del cole a casa.
A la lechería, donde ahora está el CaféOlé.
A por vino Gandesa para las comidas de mi padre donde ahora está la casa de cortinas. La fassina, decían mis padres, aunque no supieran qué significaba esa palabra.



A la farmacia del señor Riera a ponerme las inyecciones -una lágrima restañada con las bolitas de azúcar-. Al colmado que tocaba con la farmacia, a por alpiste para los colorines. Los sacos apoyados en el suelo: garbanzos, lentejas... Todo lo que después había que limpiar con paciencia en la mesa de la cocina.

A la tienda de la señora Angeles y su nuera Eladia a por las cosas que se habían olvidado en la compra.¡Qué careras son!, decía mi madre.

Iba al economato de la Seat de la calle Batllori con el carnet de nuestro vecino. Siempre, siempre, se me encogía el corazón cuando lo entregaba. Mi peor pesadilla era que la cajera me dijera: "Este no es tu padre. ¿De dónde has sacado esto?" Que la gente me mirara y me señalara con el dedo. No servía de nada que me explicaran una y otra vez que no importaba, que la gente se dejaba los carnets para arroharse un dinerillo y que a nadie le importaba si era tuyo o prestado.

A la churrería de la calle Crucero Baleares  a la churrería de mi compañera Ester.

Al quiosco de la carretera a por el tebeo de la semana o por un sobre de cromos. Extras que no siempre se podían tener.

A la calle Escuadras o a la calle Alpes a la casa de mis amigas Espe y Mª Dolores.



A las instalaciones, a patinar los sábados por la tarde. A la piscina municipal recién abierta para hacer el cursillo de natación.



Iba a por las recetas al consultorio médico en una casa decrépita de la calle Mayor. Escaleras sucias y tristes. Una vieja que daba los números en unos cartones resobados. La cola interminable que la gente quería saltarse.

Los domingos por la mañana, a misa. Los domingos por la tarde, al cine. La sala inmensa del cine Estadio. El programa doble. La pasta comprada en el ambigú.

Pasos infantiles que recorrían el barrio que me vio crecer. Descubrimiento de la gente y de la vida. Olores y ruidos. Música de radio que salía por las ventanas. Noticias oídas que se llevaban a casa.
Primaveras y otoños y días y semanas corriendo veloces hacia el fin de la infancia.

Imágenes: fotografía personal, 11 de mayo de 1969, fotografías de la web: http://lhospitaletdellobregat.wordpress.com

sábado, 28 de septiembre de 2013

La Camorra


Mi bisabuelo, Silverio Ariza, vivía con su mujer y sus hijos junto al río Genil. Tenían una huerta en un pequeño caserío al que llamaban "La Camorra".
Eran unas cuantas casas con terreno fértil, de huerta.
Pocas casas pero mucha gente. Todas las familias estaban formadas por muchos hijos y se vivía con la alegría que solo tienen quienes no aspiran a más. Se trabajaba, se reía, se hacían fiestas; los jóvenes se emparejaban, la vida era plácida y sin más sobresaltos que los de la vida cotidiana.
A las gentes que vivían allí se les conocía como "Los camorreños", aparte del mote familiar.
Iban y venían a pie al pueblo, algunos cada día. Pasaban el río en la barca. También solían ir a Rute y al resto de las cortijadas que se repartían a lo largo del río.
De las historias que he escuchado en mi casa las más felices, las anécdotas más divertidas, los tiempos más gozosos, los personajes más pintorescos, pertenecían siempre al mundo de La Camorra.
Mi madre y mi tío Antonio pasaban allí, con sus abuelos y sus tíos, largas temporadas. Cuando sus padres los reclamaban desde su casa en el pueblo hacían lo posible por escabullirse y quedarse unos días más.
A veces mi madre necesitaba un vestido para alguna fiesta pero era su abuelo el que iba a buscarlo por temor a que no la dejaran volver. Mi bisabuelo iba con el encargo apuntado en un papelito: "el vestido de flores colorás que está colgao en la caña debao de la escalera".

En los años 30 habían aparecido por allí unos coches con gente extraña, que medían, calculaban, dibujaban. Preguntados por lo que hacían respondieron que estaban estudiando aquel emplazamiento para hacer un embalse.
Nadie lo tomó muy en cuenta y menos mi bisabuelo que decía que él se moriría y no lo vería hecho.

Pero llegó  la fiebre franquista de los pantanos.
Y llegaron los hombres y las máquinas y empezaron a construir un embalse que habría de convertirse en el más grande de Andalucía.
<



Desviaron el río para poder construir el embalse en la parte más estrecha, donde estaba la Sierra del Camorro. Expropiaron las tierras que necesitaban. Donde había estado la Camorra desescombraban cantidades ingentes de tierra. Fueron las primeras e imprescindibles expropiaciones. Sus habitantes tuvieron que dejar sus casas a cambio del exiguo pago por lo que había sido toda una vida.

Los caseríos que estaban en lo que después sería el centro del embalse pudieron ser habitados hasta casi el último momento: El Remolino, El Membrillar. Tanto es así que, cuentan quienes lo vivieron, algunos tuvieron que correr en el último momento para salvar enseres que tenían aún en las casas.

Como anécdota, del Remolino habría de emigrar la familia del que después sería, aunque brevemente, Molt Horonable President de la Generalitat de Catalunya, José Montilla.

El hacer pantanos e inaugurarlos llenaba los NODOS y daba una propaganda de modernidad a un régimen criminal y anacrónico.
El embalse de Iznájar, entre las provincias de Córdoba, Málaga y Granada  se inauguró el 3 de junio de 1969 con la pompa y el boato propio de la época. En el reportaje del NODO se ve el embalse rebosante de agua y la presa rebosante de gente de todos los pueblos de alrededor. Mi familia y yo, desde nuestra casa a mil kilómetros, asistimos a la retransmisión que hizo la televisión (la única en aquellos momentos).

Detrás de esa historia pomposa, de crecimiento y modernidad, había dramas personales. Desarraigos, tristezas insuperables.

Mi bisabuelo se fue a vivir al pueblo cuando tuvo que abandonar su huerta, su "Ribera Alegre", pero nunca pudo superarlo. Prefirió hacer mutis cuándo y cómo quiso a vivir de una manera impuesta. Dejaba este mundo siete años antes de que lo que había sido un valle feliz fuera un mar que enterraba vidas.



Imágenes: fotografías personales y fotografías del foro de Cuevas de San Marcos. Años 30???, 50, 60 y actual.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Una historia trágica

A pesar de que en todas las casas se hacía la matanza, en aquellos duros años 40 las tiendas no podían disponer del dinero que requería un buen surtido y solo atendían con el género justo para el día a día.
Así que, en época de matanza, se tenía que ir a otro pueblo cercano, más grande, Rute, a proveerse de las tripas, las especias, etc. Lo que se llamaba "los arreos".

Un día de noviembre, los padres de esta niña de la foto decidieron hacer el viaje y aprovecharon para llevar a la entonces pequeña de la casa con ellos.
Subieron los tres en el mulo y recorrieron por los caminos los kilómetros que les separaban de Rute (por carretera, ahora, unos 15. Probablemente algunos menos por trochas y veredas).

Una vez hechas las compras se dispusieron a la vuelta y saliendo del pueblo se encontraron a un vecino, al que llamaban -cosas de los motes- don Nariz. Este viajaba solo en su mulo y les dijo que él llevaba a la niña, si querían, y todos podían viajar más cómodos.
Así lo hicieron y emprendieron la vuelta entre olivares.

En un momento del viaje el mulo que llevaba el vecino, que al parecer no era de los llamados "maliciosos", sin que hubiera un motivo que lo explicara, se "asombró" y tiró al suelo a ambos, al hombre y a la niña. Con ellos en el suelo y debajo del mulo éste le dio una coz en el centro del pecho a él y lo mató instantáneamente.
La madre se echó el suelo con el instinto de protección maternal que hace reaccionar sin pensar en nada y sacó a la niña de entre las patas del animal. Milagrosamente, intacta.

El mulo arrancó a correr entre los olivares dejando tras de sí la muerte, el miedo, el estupor...
Mi abuelo, que ese era el padre de la niña, fue a Rute a buscar a la Guardia Civil mientras mi abuela y la niña, mi tía, se quedaban conmocionadas con el cadáver del pobre hombre que de una manera tan inesperada había perdido la vida.

Esta era una de las historias que yo pedía una y otra vez que me explicaran cuando era niña. Me fascinaba ese suceso terrible que había hecho planear las alas de la muerte tan cerca de mi tía. Y me sorprendía que todos lo contaran sin recordarlo como el momento más trágico de su vida. Pero, ¿cómo iban a contarlo quienes habían vivido guerras, muertes de hijos, de hermanos, penurias, penas insondables y tiempos oscuros?

Mi tía bien, gracias.

Imagen: fotografía familiar, años 40.

viernes, 24 de mayo de 2013

Las mujeres de negro

Esta mujer se llamaba Concepción.
Y, para nosotros, era "la Concepción de enfrente". Porque, evidentemente, vivía enfrente de la casa de mis abuelos maternos.
Siempre la conocí así. No sé los años que tendría.
En aquella época una mujer que se acercaba a los cuarenta empezaba a no poder quitarse el luto (unas muertes se empalmaban ya con otras como ley de vida: tíos, padres...) y pronto desistía de ello.
El pelo se iba poniendo blanco y así se quedaba y la mayoría, desde el día en que se casaban, se lo peinaban en un moño bajo con horquillas -un "roete"-. Y esa era su imagen hasta el último día de su vida.
Mujeres como ella, si no tenías cuidado y no te fijabas bien, se te confundían en las calles y, al doblar una esquina, aparecía a quien creías haber dejado tres calles más allá.
Yo aprendí pronto a distinguirlas: mi bisabuela, mi abuela paterna, mi abuela materna, Aurora la del carbón, Concepción la de enfrente...
Todas habían vivido dramas y habían sido madres y habían envejecido y habían dejado ilusiones atrás. Habían enterrado hijos y hermanos y amigos. Contaban historias de cuando bailaban al corro, de cuando "enamoraban", de cuando los chaveas las perseguían por las calles. Contaban cómo estrenaban vestidos en la feria, cómo se "encompadraban", cómo cosían muñecas de trapo la víspera de los Reyes para que sus niños no se quedaran sin regalos.
Tienen un aspecto entrañable, abrazable, tierno. Sin embargo, la mayoría de las que yo conocí, empezando por mi bisabuela y mis dos abuelas, eran personas muy distantes, de poco tocar, de poco abrazar, de poco besar.
Con el paso de los años me he preguntado el porqué. Quizá en un tiempo en el cual despedirse de los seres queridos era algo que sucedía cotidianamente se creaban una coraza emocional para decir adiós sin dejarse la vida en ello. Quizá lloraron tanto que el corazón se les secó un poquito. Quizá...
Vaya mi cariño y mi recuerdo para esas mujeres de negro que poblaron mi infancia y que bullen en mi memoria muchas veces. Siguen vivas mientras alguien piense en ellas.

jueves, 11 de abril de 2013

La muerte en el quicio de la puerta

Tenía 18 años cuando la muerte se apoyó en el quicio de la puerta.
"Vengo a llevármelo", le dijo a su madre.
Y su madre, que venía de una infancia desdichada, una guerra, una posguerra, dos hijos muertos en quince días y un matrimonio infeliz, se plantó. "Te lo llevarás, pero no mientras yo viva. Voy a luchar".
La muerte nada contestó: el tiempo siempre juega a su favor. Siguió apoyada en el quicio y esperó. La madre -mi abuela- salió a la calle, buscando desesperada por dónde empezar la lucha.

Le hablaron de un médico, Carlos Zurita González-Vidalte, que visitaba en Cabra ,un pequeño pueblo de la subbética cordobesa.

Decían los rumores que era un eminente médico "desterrado" por haberse significado demasiado contra el régimen. Algo habría de cierto ya que, con el tiempo, volvió a Madrid, al hospital de San Carlos y su hijo acabó casado con la Infanta Margarita, hermana del rey.

El primer escollo era cómo pedir visita: en el pueblo no había teléfono así que la madre y una hermana se pusieron en camino al pueblo más cercano con teléfono, Encinas Reales, y concertaron la primera cita.

Días más tarde madre e hijo, a bordo de la "rubia", el taxi del pueblo, fueron a ver al doctor Zurita esperando un milagro. El médico lo vio, lo miró, preguntó, auscultó y dijo: "Vuelva usted a su casa, ya le llegará el diagnóstico y el tratamiento".

La espera fue una prueba dura. La muerte afilaba su guadaña y la madre fue de nuevo a poner una conferencia: "Se muere". "El diagnóstico va de camino", fue la respuesta.
Llegó a tiempo -escrito con tinta verde, recuerdan todos-, por poco, a tiempo: tuberculosis intestinal. Pronóstico muy grave. En aquella época casi una sentencia de muerte.

Y llegó también el tratamiento: drástico, duro, difícil.
Por un lado, medidas higiénicas estrictas: : la habitación, espartana  -sólo la cama y el orinal, ni cuadros, ni adornos, ni percheros, ni baúles, ni cortinas..-. La ropa, hervida. La escupidera, con una solución de sosa caústica. Las visitas, las justas. El enfermo, cada día un rato al sol. Eso era difícil, ¿dónde ponerlo para que el vecindario no se enterara? La solución fue complicada: lo subían al tejado del pajar y ponía el vientre al sol durante el rato en que los rayos llegaban allí.
Más medidas difíciles y dolorosas. La comida, inexcusable: si la vomitaba se le volvía a poner delante hasta que se aguantara en el estómago.
Y la medicación. Era 1950. Un jornalero ganaba, más o menos, 17 pesetas al día. El enfermo necesitaba un tarro de estreptomicina al día -50 pesetas-, 1500 pesetas al mes, más otros cinco o seis medicamentos más.
Conseguirlos, además, no era fácil. El boticario de un pueblo vecino, con su hijo igualmente enfermo, las conseguía y las repartía entre su hijo y él. La primera tanda recetada era para dos meses -ya se vería si se tenía que seguir luchando-. El boticario del pueblo se las vendía para diez días -quizá el enfermo no durara más-. En la primera toma de pastillas perdió el conocimiento. Se moría. Llamaron al médico y éste dijo que así tenía que ser, que volvieran a darle la medicación al día siguiente.
El tema económico fue difícil de lidiar: el padre compraba tierras cada año y eso era algo a lo que le costaba renunciar. La madre, toda coraje para defender lo que era suyo, se volvió a plantar: vendería sus gananciales y se pondrían en boca de todos. Así que el padre cedió y se vendió media fanega de buena tierra en La Solana.

Mientras se debatía entre la vida y la muerte llegó la complicación de la peritonitis, usual en ese tipo de tuberculosis. Se le operó finalmente en Málaga aunque los médicos no confiaban en que saliera adelante.
Su tía -que aparece en la foto con él cuando finalmente venció a la enfermedad- era enfermera en el hospital y uno de los médicos -don Ricardo- de tanto en tanto siempre le preguntaba si ya había muerto. El momento de la operación de peritonitis fue también trágico: los doctores corrían en masa al quirófano y su tía, que asistía a la operación, se desmayó pensando que el chico se moría. Pero era otro el motivo de la concentración de todos los médicos: no le encontraban el apéndice hasta que lo descubrieron en el lado contrario. Un caso de situs inversus ,tan raro, tan especial, que había que verlo en directo.

Cuatro años duró la agonía, la lucha. La muerte, esperando, tranquila. Mientras, se iba llevando a tantos otros jóvenes que pasaban por luchas similares.

,
Ganó  la vida. La muerte se retiró discretamente. 
Ese que aparece en la foto, desencajado, había vuelto de la tumba. Su tía, la que creyó que lo perdía aquel día en el quirófano, lo lleva sonriente del brazo.
Yo disfruté de mi tío y lo disfruto, a sus ochenta años. Otros seremos quienes lo lloraremos pero su madre lo espera allí donde esté. Como debe de ser.

 
Imágenes: fotografías familiares: años 50, años 60, 2009. Un homenaje a mi tío, con mi cariño infinito.

martes, 19 de marzo de 2013

El día del padre

 Son ya varias las entradas de este blog en las que hablo de mi padre. He contado anécdotas de su infancia y de su juventud. He comentado lo que esperaba de la vida y lo que la vida le ha dado. He publicado fotos de sus amigos, de su trabajo, de su ocio...

Pero hoy es el día del padre y me apetece hacer una reflexión sobre lo que el padre representa en nuestras vidas y anotar algunas cosas que quizá algún día mis hijos quieran conocer sobre su abuelo.
Lo han conocido poco: cuando nacieron él ya había vuelto al pueblo y apenas lo ven unas semanas en el verano y unos pocos días en Navidad.
   Tampoco su carácter ni su talante lo hace especialmente cercano. Le cuesta acercarse. Un beso es algo costoso y un abrazo espontáneo más todavía. Sin embargo es muy sensible; todo le afecta, todo le preocupa. Soñó con criar a una sola hija que triunfara -sea lo que sea el triunfo- y llegar a una vejez plácida, en su pueblo, con su mujer, con sus nietos felices y con un futuro para ellos mejor que el  que él tuvo.
 Pero a veces las cosas no son como se sueñan. La vida no nos lo pone fácil y gira sobre sí misma para acabar donde ya se estuvo.

Vive solo, con 86 años -también es verdad que porque es libre e independiente por carácter.
Sufrió una terrible pérdida que lo mantuvo en estado de estupor durante años y ahora sufre por sus nietos y lo que se avecina.

Pero hoy es un día alegre. No importa si es comercial o no, si las marcas de colonias llevan semanas bombardeándonos para que no nos olvidemos. Es un día para celebrar que están quienes nos criaron o, en el peor de los casos, que siguen vivos en la memoria.

Estas fotos que ilustran el blog son de mis preferidas.
En la primera vemos a mi padre, años cincuenta, exultante y feliz. Mira a la cámara con sonrisa en la boca y en los ojos. Arreglado. Siempre ha querido ser un figurín. ¿Qué se puede decir de este traje y esa corbata a la moda? ¿Y el peinado? No se arregló para la foto. Seguro. Él es así incluso ahora: genio y figura... Se viste para ir al mercado, para acercarse a hacer unos recados. Trajes, corbatas, chalecos, gabardinas... Su armario nos dice que no ha perdido ni la coquetería, ni la elegancia, ni las ganas de decir: éste soy yo; lo que veis es importante, la forma hace el fondo también.

La segunda es entrañable. Estamos en la playa de Castelldefels. Yo, tres años, juego en la arena con los cubitos  y mi padre me mira. Nos hemos reecontrado después de estar separados un año. Él emigró y yo me quedé en el pueblo, primero con mi madre, y unos meses después, con mis abuelos y tíos. Seguro que le he echado de menos y él a mí. La foto que llevaba en la cartera está arrugada y estropeada de tanto sacarla y mirarla. Es muy estricto conmigo: quiere que crezca bien educada y sea una mujer de provecho pero cualquier cosa que me pasa le altera y pierde la serenidad si un día vomito, o añoro el pueblo, o no como.

La tercera está tomada un dia de excursión. Se prepara para beber en una fuente de la montaña -antes las cosas eran así, no daba miedo beber lo que no saliera de una cañería clorada-. Está delgado, es joven, ágil. El polo que lleva lo recuerdo muy bien. Un día llamaron a la puerta de casa y yo, que lloraba, entre lágrimas solo vi el polo de mi padre y me abracé a sus piernas desconsolada. Después levanté la cabeza y no era él, era una paisano que había venido de visita y se encontró padre por un momento.

En la última estamos en una boda. Mi padre me lleva en brazos -tengo muchas fotografías en las que estoy en sus brazos-. Yo estoy seria, un poco asombrada y mi padre luce una media sonrisa de satisfacción.

Cuando los años pasan y eres responsable de otras personas -incluso de los que te criaron- y debes tomar decisiones, corregir, aconsejar, perdonar, consolar, regañar... echas de menos acurrucarte en unos brazos que todo lo pueden y creer que ahí estás a salvo y que la vida pasará por tu lado sin herirte o, si te hiere, todo tendrá remedio.

Esta entrada está dedicada a mi padre y a todos los padres que están presentes o en el recuerdo de aquellos a quienes quisieron.

Imágenes: fotografías familiares (años 50 y 60).

viernes, 15 de febrero de 2013

¿Qué es lo que nos asusta?

Llegan en masa.
Se meten ocho, diez o más en una casa. Pisos patera.
Se llaman unos a otros y las familias se van reuniendo.
Siguen teniendo niños aunque hayan llegado aquí a ganarse la vida.
Cantan sus canciones.
Comen sus comidas y el olor llena las escaleras de los edificios.
Hablan en su idioma.
Visten a su manera.
Nos enredan con su acento.
Nos marean con sus costumbres.

¡Qué asco de inmigrantes que llenan nuestra tierra y nos quitan lo que es nuestro!

Pongamos la radio o la televisión en según qué emisora. Oigamos a según qué políticos. Peguemos la oreja en la cola del supermercado.

Esos son los comentarios más comunes.
Los dichosos inmigrantes que vienen y tienen esas conductas y esos comportamientos. Que nos rodean y nos ahogan. Que dan miedo.

 ¿Y quién lo dice? ¿Los que tienen pedigree? ¿Los cristianos viejos?
No. No solo ellos.

Lo dicen los que vinieron en oleadas en los años 60. Los que llenaron  las barracas de Montjuic y de tantos otros sitios. Los que huían de la guardia civil para que no los devolvieran a su tierra. Los que dejaron atrás pueblos y familias para ver el futuro menos negro. Los que se apiñaban en pisos pequeños y oscuros. Los que trajeron sus costumbres y su idioma. Los que cantaban sus canciones. Los que guisaban sus comidas. Los que hablaban su idioma. Los que vestían a su manera. Los que empezaron a llenar las ciudades dormitorio. Los que construyeron este país y lo hicieron lo que hoy es.

 Los que vinieron a ganarse la vida. Los charnegos, los murcianos, los que eran mirados por encima del hombro. Los que quisieron dar una vida mejor para sus hijos.

No lo soporto.
De mi pasado vengo y no lo olvido.
No lo olvidemos.

Imágenes: María "la Poza", vecina de toda la vida, en el terrado de mi casa -ya conocido en este blog-, con parte de su numerosa familia (años 60). María "la Poza", conmigo en su casa de Bellvitge, el verano pasado. Una visita pospuesta largamente y por fin hecha. La última imagen corresponde a la construcción del barrio de Bellvitge, aluvión de inmigrantes, años 60-70.